Jorge Garris. Doctor en Historia, geopolítico y especialista NBQ. Investigador en el SIP Zaragoza.
03/07/2019

No hay visión más horrenda que contemplar a un niño que ha sufrido los efectos de la polio o poliomielitis. Una enfermedad infecciosa producida por el poliovirus y que afecta al sistema nervioso central paralizando la acción muscular. Ataca preferentemente a los niños; no tiene cura, solo queda la prevención.

Hace décadas la simple pronunciación de la palabra producía pánico entre padres, quienes fueron desarrollando unas explicaciones pseudocientíficas acerca de a quién podía afectar y a quién no, sobre todo en verano.En 1955, el doctor Salk desarrolló una vacuna con virus activos que al final provocó muertes entre niños vacunados; tiempo más tarde se sustituyó por una vacuna de virus inactivos, IPV. Dos años más tarde, otro científico, el doctor Sabin, creó la vacuna de administración oral con virus atenuados, OPV, que emula al virus salvaje de la polio, por lo que es empleada en lugares donde actúa con mayor intensidad; si bien se pueden combinar ambas o, incluso, tras la OPV se puede administrar otra como la BIOPV.

Ante esta situación, y tras los progresos comentados, un grupo de clubs de la fundación Rotary International decidieron en el año 1979 llevar a cabo una campaña de vacunación en las islas Filipinas mediante la compra y suministro de estas vacunas. Dado el éxito de la propuesta, en 1985 se creó el programa PolioPlus con un presupuesto de 120 millones de dólares para vacunar al mayor número posible de seres humanos.

Animados, la Organización Mundial de la Salud en 1988 propuso la Iniciativa Mundial para la Erradicación de la Polio en un proyecto que incluía a Rotary International, el CDC y Unicef. Más tarde, en el año 2009, se le sumó la Fundación Bill&Melinda Gates. Los progresos fueron increíbles, con una reducción de más del 90% en una parte importante del planeta, acotando el número de países endémicos a la India, Nigeria, Afganistán y Pakistán. A partir del 2015 se redujo a solo los dos últimos.

Este éxito de gestión y compromiso mundial es totalmente necesario, ya que de otro modo –en tan sólo diez años– cerca de 200.000 niños sufrirían esta terrible enfermedad cada año. En la actualidad, debido a los movimientos migratorios incontrolados hacia Europa, donde existen migrantes de diferentes países y concretamente de los dos nombrados como endémicos –aunque el riesgo se percibe como bajo–, a la ayuda humanitaria y sanitaria se le deben unir los correspondientes controles de seguridad, pues todos juntos serán más efectivos por cuanto mayor sea la correcta información que dispongan los ciudadanos sobre todo ello.